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domingo, 11 de noviembre de 2007

Democracia en la casa y en la cama

Publicado en Diario Hoy
27/11/2005
María Paula Romo


"Democracia en la casa y en la cama” resume uno de los aportes más importantes del feminismo a la democracia: el cuestionamiento de los límites entre los asuntos públicos y los privados. Cuando proclamaban esta consigna, las feministas exigían una visión más amplia de la democracia, nos recordaban que para el famoso proceso de democratización no es suficiente contar con instituciones, procedimientos y Constituciones Políticas, sino que era imprescindible democratizar también la sociedad y las relaciones privadas. No lograremos nunca construir un Estado democrático mientras vivamos en una sociedad racista, sexista, homofóbica y discriminante como la nuestra. ¿Qué hacer para no olvidar esta doble dimensión del proceso?
El 25 de noviembre se celebró el día de la No Violencia Contra las Mujeres; ese día la prensa nos mostraba datos alarmantes sobre Ecuador y el mundo: que en el Ecuador, por ejemplo, siete de cada diez mujeres son víctimas de violencia doméstica; o que en México una mujer es violada cada dieciocho segundos, mientras en Paraguay una de cada quince mujeres ha sido violada algún momento en su vida. Pero no se trata de una realidad del "tercer mundo" o de falta de educación formal: en el conjunto de los quince estados de la Unión Europea (antes de que se sumen los nuevos estados) fallecen dos mujeres cada día, víctimas de agresiones sexistas, y los agresores son hombres que -en su mayoría- tienen un título de educación superior.
En el Ecuador y sus principales ciudades la discusión sobre la violencia y la seguridad han sido debates centrales en los últimos años, sin embargo no se ha incluido como un tema prioritario la preocupación por aquellas que son agredidas en sus hogares, las mujeres y niñas que están inseguras dentro de su propia casa.
La mitad de la población, de la ciudadanía, de las votantes, es mujer. Las mujeres no solo somos las principales víctimas de la violencia, también son mujeres las que sufren mayor desnutrición, pobreza, y la mayor parte de los analfabetos y los desempleados. Esa realidad de desigualdad y de discriminación es una lucha de hombres y mujeres, una reivindicación desde la esencia de lo humano y además un requisito para la construcción de democracias.
Detener la violencia contra las mujeres es un tema político que exige nuestro compromiso; citando a un adolescente mexicano que, en un concurso de poesía en Ciudad Juárez, se resistía a creer lo que sucede: “¿Cómo creer que nadie vio? O muchos dicen no haber visto, cómo estas mujeres emprendieron camino hacia su tortura, su cautiverio, su muerte/ Nadie, nadie las vio ¿Cómo? Si toda gente lleva su propia prisa, si nadie está interesado en saber qué le pasa al otro. Sus problemas son suficientes para impedirles pensar en algo más”.