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miércoles, 17 de diciembre de 2008

No hay novia fea ni muerto malo... por Carol Murillo

Uno de los análisis más sensatos en esta época en que parece que algunos perdieron la memoria y otros la perspectiva


www.eltelegrafo.com.ec
Diciembre 17, 2008.

No hay novia fea ni muerto malo...
CAROL MURILLO RUIZ



Una vez hace más o menos quince años, fui a la clínica a visitar a una amiga recién parida. Estaba demacrada. Le besé la frente y alguien solícito me dio al bebé. Lo miré espantada: era un niño feo, muy feo. Se lo dije a todos: ¡qué niño más feo!... todos susurraron algo y yo lo repetí para que no pensaran que era un chiste de los que rompen el hielo. Esta vez no quería romper el hielo. No quería romper nada. Solo dije lo que me parecía.

Al recordarlo también evoco unos refranes: No hay muerto malo ni niño feo. No hay novia fea ni muerto malo. Y las repito yo: Gema Lafir.

La muerte de León Febres Cordero ha causado una ola de glorias y aleluyas por doquier. En cápsulas y lagañas noticiosas se recuerda a uno de los patriarcas de la componenda como un político acaso singular pero no atrabiliario. Duro pero no despótico.

Solo quiero reflexionar a partir de ¿No hay novia fea ni muerto malo?

Es bueno que Febres Cordero tenga tanta misa –una cada hora- el primer día de su cuerpo presente. Es normal que una enorme porción de políticos lloren al único caudillo que ha tenido la derecha en cuatro décadas. Si se mira el mapa político la derecha -sin pensamiento, sin doctrina, sin abecedario ideológico- no existe. O es un fárrago de seres sin bitácora. Quizás los señores Banco. Los señores Cámara. Los señores Banano. Pero ninguno aunque se siente en un banco a comer banano y tomar fotos puede romper la maldición gitana de tener un solo paladín en cuarenta años.


León se tragó el único credo que le permitió muñequear una vida política próspera: la economía social de mercado. O el neoliberalismo. Febres Cordero fue para el neoliberalismo lo que el neoliberalismo fue para Febres Cordero. Había en esa relación un camino, un abismo y un partido. Y colorín colorado. Pero no es tan fácil.

Que el reino mediático recurra a una figura para entender y explicar casi medio siglo de su devenir histórico-político implica distintas cosas.

Primero: que la política es pobrísima y sus hacedores, por lo menos en el universo de la derecha, no vislumbraron que la conducción política de sus partidos pasaba por la democratización y la gestación de cuadros y líderes para las variadas instancias de la administración pública.

Segundo: que la izquierda tampoco cimentó un partido o varios partidos que configuraran el sentido de la política en un acople de fuerzas sociales convergentes.

Ergo, solo la orfandad de figuras, de ideología, de referentes, de códigos políticos, hace posible que el dolor redoble las campanas de la derecha.

La muerte de la partidocracia y del neoliberalismo en el mundo propició la resurrección de la esperanza en el Ecuador. Y León lo vio todo de lejos. Iba muriendo con el credo y con el tiempo. Por eso sus agnados lo lloran en voz alta y en masa. Amaron al caudillo, no al político. Amaron al amo, no al guía. Es terrible amar al amo. Muerto el amo, muerto el paje.

La historia del Ecuador no puede ni debe ser entendida a partir de un caudillo. Hay que buscar más allá del señor de los caballos y de los tabacos.
Nuestra historia reclama que nunca más el reino mediático nos diga cómo recordar la vida de los muertos.

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